Martes 02 de Junio del 2020

El pianista de la paz

Miguel Ángel Estrella tocó en Flores Sur, su barrio. Aquel día se relajó y contó […]

Publicado el 9 enero, 2020 por Nicolás Rosales

Miguel Ángel Estrella tocó en Flores Sur, su barrio. Aquel día se relajó y contó su historia.

Fue una tarde de cielo naranja intenso, donde Miguel Ángel Estrella ejecutó piezas de Bach y Beethoven como solo los maestros saben hacerlo. En el espacio cultural de la Mutual Flores Sur en el Pasaje Arrotea bajo la autopista hubo reconocimientos, aplausos interminables y rostros emocionados. Debemos agradecerle a Alfredo Dotta, quien luego de unos días hizo lo posible para facilitar este mágico encuentro con el pianista de la paz, quien recibió a La Taba con los brazos abiertos en su casa del Pasaje Renán. Le entregamos un ejemplar de la revista y al leer nuestro nombre se quedó pensando unos segundos, como volando a través del tiempo: “La Taba me hace acordar a mi infancia en Vinará, Santiago del Estero. En ese pueblo, una aldea quechua de donde era mi vieja. Los quechuas me marcaron con su sabiduría y forma de vivir. Mi abuela nos hacía rezar un rosario entero todos los días. Josefa Borges de Ávila vive mucho en mí, por las cosas que me enseñó, entre ellas la fe. Volvimos a Tucumán cuando empecé la escuela primaria y desde chico ya cantaba y bailaba. Un personaje que era muy de la familia por aquella época era Atahualpa Yupanqui, entonces cantaba todo lo de él, lo miraba cuando tocaba la guitarra y cantaba. Creo que él sembró en mí la música. Lía Valdez, cantante y pianista tucumana, fue quien me enseño a tocar el piano que habían comprado en casa para que toque le nene”.

Gymnasium Universitario

Así se llamaba la primaria y secundaria tucumana a la que asistió Estrella. Fue fundada el 17 de febrero de 1948 y con el tiempo se dio cuenta que era una escuela peronista. “Los profesores nos enseñaban cosas poco comunes, nos inculcaban los pueblos originarios, viajábamos en experiencias de estudio y nos metíamos a charlar con los campesinos. Hubo un espacio especial creado por Raúl Serrano que se llamó ‘Sábados de Arte” y que me marcó para toda la vida porque tocaba el piano, escribíamos poesía, bailábamos. Así creamos el primer teatro independiente de Tucumán que se llamó “Gymnas” y donde empecé a actuar. Aquello fue un gran componente creativo en mi vida”, destacó el pianista que por primera vez tocó en su barrio de Flores Sur.

Buenos Aires, la atracción

“Repetía los acordes que hacía el director de música de Tucumán en otro piano y me había aprendido “Para Elisa” de Beethoven. Me era fácil, porque tenía oído absoluto sin saberlo. El fue quien le dijo a mi vieja que había nacido para la música, pero que los buenos maestros de piano estaban en Buenos Aires. Cosa que ocurrió con mucha fortuna, porque había muy poquitos mangos. Tenía unos tíos que vivían en Junín y Charcas, después buscamos gente conocida de Santiago que vivía acá. La primera etapa la viví en Villa Urquiza, mientras estudiaba en el conservatorio. Y para hacerme de unos mangos preparaba a estudiantes de secundaria en historia y literatura”.

La mujer de mi vida

Cada anécdota de Estrella es contada en detalle, hace pausas, viaja a través del tiempo. “Un día yendo a dar una clase preparatoria me tomé el colectivo 105 y sentí que conocí a la mujer de mi vida. Unos ojos negros a los que no pude dejar de mirar. Era una morocha de Flores. Me paré a su lado y pedí permiso para sentarme junto a ella. Anduvimos unas 20 cuadras. No tenía plata ni para tomar un café. Bajamos juntos y caminamos como 50 cuadras hasta el Pasaje Renán, justo a una cuadra de acá, donde ella vivía con su familia. Ahí nació el amor y nunca más volví a amar a una mujer como ella, con la que tuvimos dos hijos”.

La militancia

“Militaba en las duras porque era el tipo que buscaba la guita para los abogados que defendían a los presos políticos. Para Mario Hernández y Ortega Peña, ambos asesinados. Pero no servía para la violencia. Cuando me quedé viudo, con mis hijos chicos, seguí saliendo a hacer pintadas a Mataderos y al Bajo Flores. Me quedé viviendo en lo de mis suegros y a mi suegra le decía ‘mamá’. Ella me confesó que me quería como un hijo, pero nadie sabía de mi militancia”.

El mercado

“El mercado de la música había puesto la mirada en Marta y en mí para llevarnos a la fama. Un productor inglés, George Dan, nos empezó a tentar. Pero para mí el mercado era una palabra ingrata, no quería saber nada, porque te genera obligaciones que no sentís. Dan me insistió para que toque cosas extremadamente difíciles y generar admiración. En cambio yo tocaba para emocionar, que es algo muy diferente. Mantuvimos nuestra idea y empezamos a ir a hacer música a la Villa 31 con un sentido social”.

Del dolor nace una esperanza

“Música Esperanza nació en una sala de tortura. Fui secuestrado en Montevideo el 15 de diciembre de 1977 y mis hijos me vieron cuando me llevaron. Me quería destruir como pianista, me aplicaron electricidad y lastimaron mis manos con saña. Yo quería vivir y pensaba muchos en mis hijos Paula y Javier. Estuve 18 meses secuestrado y fue una época de mierda esa. Tiempo antes en París, un pianista empresario francés me dijo: ‘Nunca había oído tocar a Beethoven así’. Una vez secuestrado, fue el quién empezó a difundir mi historia por el mundo y a crear un movimiento internacional para pedir mi liberación. Tardó poco en sacarme del infierno, movió cielo y tierra. Se produjo un movimiento mundial de músicos que me conocían y que empezaron a escribir notas en los diarios. No me olvido más lo que me dijo el militar que dirigía la tortura: “Vos sos peor que un montonero, porque con tu sonrisa y tu habilidad con la música le hacés creer a la negrada que pueden escuchar a Mozart’. Luego me asenté en París”. Estrella recuerda que con Marta eligieron la opción por los pobres y entendieron que los campesinos y campesinas también podían escuchar música clásica. “Ese era el camino que recorrimos y nos fue muy bien, porque la música es para todos y todas. Detrás de esto hay mucha fe, después de todo lo vivido empecé a tocar por la vida, la esperanza, la libertad y la paz”. Vino el abrazo final y el “chau chango, fue un gusto, nos vemos”, con el tono de la humildad que solo los más grandes artistas suelen ejercitar.


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