Jueves 26 de Noviembre del 2020

Hedor en tiempos de Pachamama

Camino a diario por el «Barrio Bernardino Rivadavia 1», que viene resistiendo a los embates […]

Publicado el 5 agosto, 2020 por Wenceslao Villanueva

Camino a diario por el «Barrio Bernardino Rivadavia 1», que viene resistiendo a los embates del tiempo y las últimas corrientes migratorias desde hace 60 años, mutando en diversas culturas, primero coreanos y luego bolivianos, en su mayoría aymaras y quechuas.

Circulo este barrio desde fines de la década del 80′, donde tuve la oportunidad de enseñar instrumentos musicales a niños en el Comedor de Tita. Repentinamente me distrae una invasión de paleópteros (libélulas), es decir; insectos ancestrales de la región de los humedales (bañados), quienes continuamente vienen a recorrer su hábitat. Así mi mente, hace que me traslade imaginariamente hacia los antiguos Querandíes, quienes seguramente seguirán circulando por estos suelos, como lo hacían desde hace siglos.

Cierro mis ojos e imagino que estoy parado sobre las cenizas de esos antiguos habitantes “ostentadores de saberes ancestrales de estas tierras”; pero al mismo tiempo siento ausencia de elementos concretos de esa tradición ancestral. Así acudo a datos que Pedro Campomar me los había dado alguna vez; eran escritos de un cronista que decía “los indios querandíes se hallaban a una distancia de unas cuatro leguas Riachuelo arriba”. Se refería a “un área de barrancas coronadas por grandes ombúes frente al Riachuelo”.

Y que en esos tiempos en gran parte de la planicie “se avizoraban puros bañados” (indicando estos sitios). Así, observo muy seguro que, el Querandí (que hoy nos contempla como un ave fénix) fue un ser originario de estas tierras, una cultura que aparentemente ya no encuadraría dentro del paradigma occidental, y; a pesar de ser el primero en resistir y derrotar al invasor, no cuenta su historia.

Por otro lado, los pueblos de Abya Yala (América); unos por ser nómades y otros sedentarios, también acostumbraban trasplantarse en diversos lugares. Ahora estoy frente a gente de mi propia raíz cultural, que no hace mucho se asentó en este barrio, munido de su cultura, sus saberes y sus tradiciones. Se puede observar claramente a gran parte de estas familias, cómo van poniendo en escena ese saber cultural.

Así, se encuentra que realizan diversas festividades; por ejemplo la celebración de la fiesta de Santiago (sincretismo religioso), ancestralmente una fiesta al “Dios Rayo, que ocurre a fines del mes de julio, que los abuelos cuentan que se escuchan en el corazón mismo de la Tierra, desde el centro “el rugido de los truenos”, que anuncian la llegada del nuevo tiempo y que deben despertar las entes dormidas de cada rincón de las selvas y las montañas; desembocando en la celebración principal de las “ch’allas” (inauguración) individuales en cada una de las casas a partir del 1º de agosto.

Cuando alguien ingresa al barrio se encuentra en un lapsus de contradicción, entre la posmodernidad cosmopolita y las costumbres de una aldea antigua llena de tradiciones. Rodolfo Kusch diría que “es la dicotomía que genera hedor/pulcritud que conlleva la antinomia sarmientina de civilización y barbarie”. Así los ancianos y ancianas que elevan a lo alto sus sahumerios para celebrar a la Pachamama son el hedor cultural, son los ilustres de la vida, de la cultura viviente.

Y los pulcros serán toda la posmodernidad, que van quedando fuera de la tradición. Así los mitos y las tradiciones sostienen a cada familia; pero la iglesia es muy influyente, y todos se arrodillan y rezan cuando se llama a misa. No me olvido de la reflexión de Eduardo Galeano “… Vinieron. Ellos tenían la biblia y nosotros teníamos la tierra. Y nos dijeron «cierren los ojos y recen». Y cuando abrimos los ojos, ellos tenían la tierra y nosotros teníamos la Biblia…”.

El sincretismo cultural es producto del choque entre dos cosmovisiones que se manifiestan en parte de la sociedad; así el catolicismo tiene a una multitud de descendientes indígenas que salen a relucir a la Pachamama enmascarándolo con las fiestas de las vírgenes (Lujan, Copacabana, Itatí y otras); también las iglesias evangélicas intentan enajenar al indígena de su espiritualidad, acusándolo que el culto a la tierra es un rito satánico.

Los vecinos indígenas de este barrio, solo cumplen con el mandato de sus ancestros, agradecen y solicitan favores a Pachamama (pacha = mundo/ mama = madre), como Diosa. Así veo transitar a otros congéneres por la región, que profesan a sus propios dioses; unos pampas, otros mapuches, diaguitas, guaraníes, etc.; quienes aparentan ser simples forasteros que solo vuelven a circular estos bañados donde por seguro ya lo habrían hecho sus ancestros, al igual como la libélula que vuelve a circular, porque tiene incorporado este hábitat en su memoria biológica.

A pesar que cada familia ya hizo la ch’alla de su vivienda el primer día de agosto; también preparan un ritual colectivo a Pachamama en el centro de la Plaza, que ocurre frente a mujeres y hombres, niñas y niños, ante la mirada estupefacta de propios y extraños; y donde el abuelo fuego” es el escribano que elevará los ruegos al cosmos entero.

Así las ancianas y los ancianos indígenas son los que ofician una ceremonia cuando se trata de invocar a los espíritus ancestrales; ellos enseñan que la Pachamama es un ser inmanente que está en todos lados, que solo se corporiza en esta época desde cada rincón del Planeta Tierra, brotando con su fertilidad en busca de las fuerza de la naturaleza (el viento) para ser fecundada; que no es lo mismo pensar a la tierra, como un ente para someterla, depredarla o explotarla.

El ritual en honor a Pachamama nos plantea muchas cuestiones, sobre la omisión del sentido del valor hacia la tierra como generadora de vida y dadora de sustento a sus habitantes (culturalmente denominados hijos). Así los indígenas de este barrio, antes que rogar por la mejora de sus cloacas, o la falta de agua, o inconvenientes en la energía eléctrica; prefieren elevar sus ruegos al cosmos para que la humanidad tome conciencia, para que se pueda evitar la destrucción ambiental, el envenenamiento de los cultivos, el impacto minero a cielo abierto, la contaminación de los ríos y mares.

El ritual a la Pachamama, sugiere que no es bueno condenar a las generaciones vinientes a una penuria ambiental. Dicen los abuelos que “Pachamama es como un perro lanudo, que si le pica una pulga, se sacude y sigue andando”. Quiere decir que la tierra es eterna en su eternidad.

En definitiva, la Pachamama no es solo suelo o tierra geológica, tampoco es sólo naturaleza. La Pachamama, es “el todo” y se concentra a veces en manantiales, en vertientes o apachetas.

Así, los humedales de los antiguos Querandíes, ahora ya son una gran apacheta frente la antinomia de un Estado ausente; que con este ritual se demostró al mundo, que sí se pudo invocar a las fuerzas innatas de los Querandí, en este barrio obrero de la Capital Federal, en el cual la vida se reinaugura, la ceremonia se reinventa, la conciencia se refresca y las energías se restablecen, desde lo local a lo universal.


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