A 45 años de su inauguración, la Autopista 25 de Mayo continúa atravesando la vida […]
Publicado el 31 diciembre, 2025 por Juan Bertrán
A 45 años de su inauguración, la Autopista 25 de Mayo continúa atravesando la vida cotidiana de miles de personas y dejando huellas profundas en los barrios del sur de la Ciudad.
Desde 921 Casa Cultural impulsan un proyecto de investigación y una muestra que recuperan historias silenciadas y ponen en primer plano los impactos sociales, urbanos y ambientales de esta obra.
Lejos de ser solo una infraestructura vial, la Autopista 25 de Mayo se convirtió en una cicatriz urbana marcada por el desarraigo y la ruptura de la trama comunitaria. A través de la investigación y muestra “¿Dónde quedaron los vecinos?”, el espacio cultural 921 Casa Cultural (Calasanz 921) busca reconstruir memorias barriales, visibilizar las consecuencias que aún persisten y abrir preguntas sobre el presente y el futuro del territorio.
Conversamos con Fernando Gómez, referente del espacio cultural, quien reflexiona sobre la necesidad de volver sobre ese pasado para repensar la ciudad que se habita hoy.
La Comuna 7: ¿Por qué investigar sobre la Autopista 25 de Mayo?
Fernando Gómez: Vivo y trabajo al lado de la autopista. Toda mi rutina sucede en ese entorno: el ruido constante, las vibraciones, la contaminación del aire y lumínica. Esa presencia diaria me llevó a preguntarme cómo fue posible que algo así se construyera en el medio del barrio. ¿No había otra forma de hacerlo? Esa pregunta me llevó directo a la historia, y ahí aparece la dictadura. Ese fue el contexto que permitió imponer una obra sin consulta, sin participación y sin medir sus impactos en la vida de las personas. No es que el tema aparezca “ahora”, pero sí creo que la ciudad enfrenta desafíos urbanísticos enormes, y a veces naturalizamos estructuras que siguen generando impactos negativos enormes. Desde 921 Casa Cultural queremos aportar desde lo comunitario: convocar vecinos, recuperar relatos, reconstruir la memoria del barrio y visibilizar los impactos reales. La idea es empujar este tema para que existan mejoras concretas en la calidad de vida de quienes vivimos cerca de la Autopista 25 de Mayo.
LC7: ¿Cómo afectó la construcción de la autopista a la vida cotidiana?
FG: Los impactos siguen siendo muchos: ruido permanente, vibraciones, contaminación, calor, luces. Las casas se deterioran más rápido y la cabeza también se cansa; vivir con un sonido que nunca se apaga desgasta, aunque uno no quiera. Pero también está lo que pasó en el momento de la construcción: el desarraigo. Mucha gente tuvo que irse de un día para el otro y rearmar su vida lejos. Y quienes se quedaron vieron cómo su cuadra cambiaba para siempre. Mi bisabuela vivía en Calasanz 921, justo al lado de donde pasó la traza. La autopista se inauguró un año antes de que ella muriera. No puedo decir que fue “por eso”, pero sí que perder a los vecinos, ese sostén cotidiano, dejar de sentarse en la vereda con los suyos, ver cómo la cuadra se desfiguraba, tuvo que haber sido un golpe fuerte. Y lo más llamativo es que casi 50 años después, no hubo una política concreta que reconociera esos impactos, ni acompañara a quienes seguimos viviendo ahí.
LC7: ¿Hablaron con vecinos y vecinas que vivieron ese proceso?
FG: Sí, de a poco vamos juntando relatos. Hay experiencias muy distintas. Algunos cuentan que, con la expropiación, pudieron reacomodarse. Pero la mayoría describe algo más duro: que la plata no alcanzaba, que no había negociación posible, que no era una decisión libre. También, aparecieron historias muy difíciles: casos de corrupción, apropiaciones irregulares y, en la cuadra de 921, apareció información de un vecino que se suicidó cuando lo obligaron a dejar su casa. Si en una sola cuadra hay esta cantidad de historias, imaginemos lo que habrá pasado en los 10 kilómetros de traza. Son relatos que quedaron escondidos entre los escombros y que hoy estamos tratando de volver a poner sobre la mesa.
LC7: ¿Qué vínculos comunitarios o espacios se perdieron?
FG: Se perdió, sobre todo, la trama social del barrio. Los vecinos que se conocían hace años, las veredas donde se armaban charlas, los comercios de cercanía, los clubes, las casas donde convivían varias generaciones. Todo eso quedó fragmentado o directamente desapareció. Hoy estamos tratando de reconstruir qué había ahí abajo: buscando archivos, fotos, historias. Volviendo a nombrar lo que fue tapado. Porque no fueron solo casas: fueron formas de vivir y de estar juntos.
LC7: ¿Qué intereses estaban detrás de la autopista durante la dictadura?
FG: La autopista fue parte de un modelo político y económico que no respondía a las necesidades de la Ciudad, sino a intereses externos: organismos internacionales, un modelo de movilidad centrado en el auto y la industria petrolera. La dictadura permitió imponer ese proyecto sin discusión pública. En esos años se hablaba más de ampliar el subte, que hubiera sido más eficiente y mucho menos destructivo. Y también hay una lectura territorial: la traza se metió en los barrios del sur, donde vivían sectores más vulnerados. Ahí se demolieron casas y se partió el tejido urbano. No fue casual.
LC7: ¿Qué huellas quedan hoy en el barrio?
FG: Muchas. Bajo Autopistas abandonados, espacios inseguros, zonas oscuras, veredas incómodas para caminar, casas desvalorizadas. Y la sensación de vivir en una parte de la ciudad que fue dejada de lado. Pero también hay una oportunidad: en una ciudad que necesita espacios sociales, culturales y deportivos, toda esa traza podría resignificarse. Podría volver a ser un lugar de encuentro y no un límite.
LC7: ¿Está presente este tema en la memoria colectiva?
FG: No, muy poco. La autopista se volvió algo que “está ahí” y mucha gente la piensa solo como algo útil, sin imaginar lo que implicó construirla o el impacto que es para los vecinos lindantes. Y dentro de los impactos que nos dejó la dictadura, aparece relegada frente a otros hechos, y es super entendible, pero creo que es importante recuperar estos relatos para entender cómo decisiones tomadas hace casi 50 años siguen rigiendo nuestra vida cotidiana hoy.
LC7: ¿Por qué es importante sostener la memoria barrial?
FG: Porque es la manera de entender qué pasó y qué sigue pasando. La autopista no es solo una obra: es una marca urbana de la dictadura. Y muchas de las lógicas de ese momento siguen presentes en cómo se organiza la ciudad, qué barrios se priorizan y cuáles quedan relegados. Sostener la memoria no es quedarse en el pasado, sino abrir la pregunta por el futuro: qué ciudad queremos habitar y cómo recuperamos esos lugares que fueron dañados y abandonados.
Más información:
Quienes cuenten con fotos, recuerdos o información vinculada a la historia del barrio y la autopista pueden acercarse al espacio o comunicarse a través de sus redes sociales (@921.casacultural en Instagram).

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