Martes 28 de Julio del 2026

Memoria viva de un pueblo

A 159 años de su inauguración en su ubicación actual, el Cementerio San José de […]

Publicado el 22 julio, 2026 por Juan Bertrán

A 159 años de su inauguración en su ubicación actual, el Cementerio San José de Flores conserva entre sus calles buena parte de la historia y la identidad del antiguo pueblo que dio origen al barrio.

Quien atraviesa las puertas del Cementerio San José de Flores no solo ingresa a uno de los tres cementerios públicos de la Ciudad de Buenos Aires. También recorre un espacio donde conviven las huellas del antiguo pueblo de Flores, las historias de sus familias fundadoras y la memoria de generaciones enteras de vecinos y vecinas. Lejos de la monumentalidad de Recoleta o de la inmensidad de Chacarita, este predio de 27 hectáreas conserva una identidad propia, estrechamente ligada al crecimiento del barrio.

En abril de este año se cumplieron 159 años de la inauguración del cementerio en su ubicación actual, sobre la avenida Varela y Balbastro. Sin embargo, su historia es todavía más antigua. Sus orígenes se remontan a 1806, cuando se creó el curato de San José de Flores. Como ocurría en aquella época, junto a la iglesia se estableció un camposanto donde eran sepultados los habitantes del pueblo. Con el crecimiento de Flores, ese primer cementerio fue trasladado en distintas oportunidades hasta llegar al predio que ocupa desde 1867.

Para Alicia Braghini, guía durante más de cincuenta años y ex trabajadora de la Dirección General de Cementerios, esa historia explica buena parte de su identidad. «El Cementerio de Flores nació como un cementerio de provincia, porque Flores no perteneció a la Capital hasta fines de 1800. Empieza bien de pueblo, con muchas sepulturas en tierra, y después aparecen las bóvedas», señala.

Ese origen todavía puede percibirse al recorrer sus calles. A diferencia de otros cementerios porteños, aquí predominan las construcciones sobrias y los vínculos con la historia cotidiana del barrio. «Lo que tiene justamente de valor es eso: hay muchas instituciones que se hicieron para favorecer a los trabajadores de empresas del barrio, muchos vecinos, empresarios y familias históricas de Flores. No pasa lo mismo con los otros cementerios», explica Braghini.

Entre sus bóvedas descansan algunos de los protagonistas del desarrollo de Flores. Allí se encuentran la familia Flores, cuyo apellido dio nombre al barrio luego de que Juan Diego Flores adquiriera esas tierras en 1776; también el dirigente sindical Lorenzo Miguel, el payador Gabino Ezeiza, personalidades como Julio Vivar, médicos, periodistas, deportistas y numerosas personalidades menos conocidas que dejaron su huella en la vida barrial.

Para Braghini, ese es uno de los mayores valores del lugar. «No son nombres tan conocidos como los de Recoleta, pero forman parte de la historia del barrio. Es el pueblo el que está viviendo ahí», resume.

Las diferencias también aparecen en el plano arquitectónico. Mientras Recoleta se convirtió en el escenario donde las familias más poderosas levantaron verdaderos mausoleos, el Cementerio de Flores conserva una escala mucho más sencilla. Predominan las influencias del art déco y el art nouveau, con líneas geométricas y bóvedas de mampostería.

«No hay grandes esculturas de mármol como en Recoleta. Es un cementerio mucho más de barrio, más de pueblo. Recoleta fue el lugar donde las familias más poderosas construían verdaderos palacios para la muerte. Flores tiene otra identidad», sostiene.

Entre sus construcciones sobresale el Gran Panteón, diseñado por la arquitecta Ítala Fulvia Villa, una de las primeras profesionales de la arquitectura en el país. Esta estructura fue construida en la década de 1940 y atraviesa actualmente un proceso de puesta en valor.

Otra de las particularidades del Cementerio de Flores es la fuerte presencia de comunidades provenientes de Bolivia y del norte argentino. Cada 2 de noviembre, durante el Día de los Muertos, las costumbres ancestrales transforman el paisaje habitual del lugar.

«Hacen una conmemoración muy especial: llevan comida, música, flores y permanecen varias horas junto a sus seres queridos. Vienen grupos de música, hacen un recordatorio muy especial. Ellos le dan mucha importancia a ese día», cuenta Braghini. Esa celebración convierte al cementerio en un espacio donde distintas tradiciones conviven y mantienen viva una forma particular de recordar a quienes ya no están.

El cementerio también forma parte de la rutina del Bajo Flores. Gracias a sus dos accesos, muchos vecinos lo utilizan como un paso peatonal para cruzar de un lado al otro del barrio. «Es muy curioso porque mucha gente lo cruza todos los días como si fuera una calle más. Hay vecinos que pasan para ir a hacer las compras o chicos que van caminando al colegio atravesando el cementerio. Los ves con el guardapolvo cruzando por adentro para no dar toda la vuelta. Está completamente incorporado a la vida del barrio», describe.

Esa convivencia cotidiana con el espacio refuerza el valor que Braghini le atribuye al cementerio como patrimonio histórico. «Porque ahí descansa el pasado del barrio. No importa si fueron personas famosas o no; todos fueron parte de Flores. Un cementerio es un lugar de historia, de historia que parece ridículo, pero viva. Ahí se puede contar la historia de una familia, de una persona, de alguien que hizo algo importante por el barrio».

A más de siglo y medio de su inauguración, el Cementerio San José de Flores sigue siendo mucho más que un lugar de descanso. Como resume Braghini, recorrerlo es volver a poner sus historias en circulación: «Uno los vuelve a poner en la historia y dice: ‘Mirá, este era tal persona, hizo tal cosa’. Esa es la verdadera riqueza del Cementerio de Flores».


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