Cachi nos cuenta la historia de una murga que nació caminando las plazas y que […]
Publicado el 17 marzo, 2026 por Luna Fernández
Cachi nos cuenta la historia de una murga que nació caminando las plazas y que hoy, a dos décadas de su fundación, resiste como un espacio de identidad barrial.
La historia de Los Impresentables de Flores nació de una caminata y un deseo compartido en el año 2004. Cachi, su director y delegado de las murgas de la Ciudad de Buenos Aires, recuerda con claridad ese impulso inicial: «Éramos un grupo de chicos que nos gustaba el carnaval y veíamos que no había ninguna murga de Flores. En esa época prácticamente no había redes sociales, así que empezamos a caminar las plazas y decidimos crear la propia porque creíamos que el barrio tenía que tener su propia murga». Lo que empezó como una búsqueda barrial hoy ya superó las dos décadas de vida, algo que para sus protagonistas trasciende lo artístico. «Haber sostenido esto más de 20 años es dejar un legado que pasó de generación en generación. Nos pone muy orgullosos sentir que somos parte de esta historia milenaria que es el Carnaval Porteño y que nuestro barrio sea parte de ella», afirma Cachi.
Históricamente, la murga cargó con la etiqueta de pertenecer a los sectores más postergados, pero para Cachi esa imagen quedó vieja. «En su momento la murga nació como algo de una clase social baja, más marginal. De hace muchísimos años para acá ya cambió, quedó con ese rótulo, con ese estigma social, pero cambió por completo«, explica. Según su visión, hoy la murga es, ante todo, un vecino de la Ciudad de Buenos Aires: «En las murgas hay profesores, docentes, profesionales de la salud, ingenieros, artistas, comerciantes y empresarios. Hay gente de todo tipo y así todo se logró mantener la esencia del reclamo y la justicia social». Para el director de Los Impresentables, esa diversidad no ablanda el mensaje, sino que lo sitúa en la realidad de cada barrio. «Le cantamos mucho a las desigualdades sociales, a la falta de oportunidades y a esas cosas que quizás no salen en los medios. Al igual que en todas partes del mundo, el carnaval sigue siendo una expresión artística que reclama, critica y denuncia injusticias», afirma con convicción.
Uno de los puntos más sensibles de su testimonio tiene que ver con la transformación personal que ocurre al llegar al corso. Para Cachi, el carnaval es el territorio donde el adulto recupera un derecho que la rutina suele quitarle. «Ponerse el traje es de lo más lindo que te puede pasar. Sos un artista, pero sobre todo estás jugando. Si lo pensás, ver a un adulto bailando en la calle con maquillaje es como ver a un chico en la plaza. Es una sensación hermosa de plenitud; es un adulto jugando y recreando juegos de la infancia», describe. Pero esa libertad tiene un trasfondo de lucha constante por el espacio público y la autogestión.
Cachi destaca que el carnaval porteño es una estructura gigante que involucra a unas 110 murgas que no descansan nunca. «Nos reunimos todos los meses. Hay representantes de cada murga que se juntan para debatir, pensar y replantearse cosas, buscando siempre mejorar el carnaval y defender la ley que nos declaró Patrimonio Cultural», explica. Este engranaje implica una organización económica y social rigurosa para conseguir los permisos de ensayo en los espacios públicos y mantener el diálogo con las áreas de cultura. «La mayoría de las murgas somos asociaciones civiles que trabajamos en conjunto con clubes de barrio, merenderos y colegios. Nos juntamos para ver cómo podemos acercar la familia a los corsos y sumar otras expresiones culturales, aunque a veces la reglamentación del Gobierno de la Ciudad impida que muchas de estas cosas sucedan», señala Cachi.
Es precisamente ese trabajo silencioso de todo el año el que sostiene la mística cuando se encienden las luces del corso. Una vez más y a pesar de todo, se celebra el carnaval en la Ciudad de Buenos Aires y nuestras murgas locales nos recuerdan que, bajo el brillo y el maquillaje, late un compromiso inquebrantable. Mientras los bombos sigan marcando el pulso en las plazas, la murga continuará siendo ese refugio necesario donde el reclamo social y la alegría compartida caminan de la mano, asegurando que la historia de Flores se siga escribiendo en comunidad.

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